Histérica y traumatizada corre por la ciudad anunciando un acontecimiento terrible, tiene la vista, pero ninguno le presta oídos. La pregunta es, entonces, ¿A quén maldijo Apolo? Puede ser que los malditos son quienes se dirijen a su perdición por no escuchar, puede que Apolo escupió en su boca para amargar la nuestra; puso un don especialísimo en élla que no le sirve de nada, un don que sólo puede llevarle sufrimiento y frustración.
Pero, si Casandra en realidad estuviera maldita, tampoco nosotros creeriamos y, de paso, no sabríamos nada de su soledad; he ahí el problema. Podemos creer en élla y comprendemos su soledad porque queremos creer que podemos estar con élla. Sin la maldición quizá la vida de quienes no la escuchan correría para otro sitio y de paso nosotros no nos detendríamos a escucharla. Será que no está maldita en lo absoluto y por eso parece no hacer nada por evitar su destino; siendo un poco frívolos bien podría ser que solo quiera ser pesimista, pues es la forma más fácil de sonar intelectual.
Quizá sea una de nosotros y no una parte de la historia, quizá Casandra es como el padre de familia que le grita al televisor cuando su equipo no anota, quizá sea como el ama de casa que mira su programa favorito y le pide en voz alta a la protagonista que haga algo… Pero nada pasa, pues todos los que le gritan a la pantalla saben que nada pasa. ¿Seremos nosotros la verdadera maldición de Casandra? Queremos creer que élla podía hacer que algo pasara, queremos creer que élla puede reivindicar nuestros anhelos por un final distinto, creemos en élla pero la acusamos: élla no supo creer. Luego de un rato se acerca a decirnos que si las cosas fueran distintas no sólo serían distintas, serían otras. De no ser por nosotros élla no existiría y, ya que alguien la inventó, su existencia nos llena la cabeza de posibilidades pero el propósito de sus diálogos es negarlas.
El padre de familia y el ama de casa creen sin creer y al hacerlo dicen que éllos no se dan por vencidos, porque tienen la ventaja de saber qué pasa. Casandra no cree y no se da por vencida. El verdadero problema es que cree saber sin saber, cree que puede caminar, pero le han quitado los pies.
Será que sólo se trata de una lucha entre el olvido y el sueño, entre fronteras de realidad y ficción. Removidos del recuerdo general como castigo. Como único castigo real. Se cree que la incertidumbre jamás debería causar tanto dolor, al menos no tanto como el olvido, pero se sabe que mientras haya ecos no habrá risas, porque o Casandra recuerda o nosotros olvidamos.
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